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Reflexiones sobre la Meritocracia y la Inmigración.

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REFLEXIÓN SOBRE LA MERITOCRACIA Y LA INMIGRACIÓN

Hasta ahora, en estos tiempos que corren, hemos visto pasar viejas y nuevas políticas, oído discursos del pasado vestidos de innovadoras propuestas, sobre todo ahora, en tiempos de crisis (o cambio, que es concepto análogo). No obstante es siempre más de lo mismo. Nada nuevo bajo el sol. Los valores que proveen un marco de pensamiento y de actuación siguen siendo los mismos que de los que surgieron las viejas propuestas. Éstas, que bien se han disfrazado con atrezos diversos, permanecen en su interior del mismo color y forma. La izquierda, con sus utopismos reformistas, intentando forzosamente que todo el mundo sea igual, independientemente de sus méritos y de sus logros. Probando infructuosamente un reparto de la riqueza lo más justo posible, pero que en el fondo resulta en la mayoría de los casos profundamente injusto.

La derecha, normalmente las élites, defensoras del statu quo, intentando conservar lo poco o lo mucho que posean, reaccionan negativamente ante cualquier perspectiva de cambio, sea éste a mejor o a peor. Progresistas contra conservadores, rojos contra azules, los dos dicen que llevan la razón, ¿cómo es eso posible? La razón solo es una, y lo que es correcto no puede ser incorrecto al mismo tiempo.

Entrando en el tema de la inmigración y la manera que retengo más conveniente de tratarlo, se puede entroncar con lo escrito en la apertura de este comentario. Por ello me gustaría exponer aquí, brevemente siempre que me sea posible, un enfoque para el tratamiento de la inmigración alternativo. Lo llamo alternativo porque creo que no se identifica con ninguno de los enfoques que tradicionalmente defienden los dos principales bandos político-ideológicos. La izquierda, en su afán utópico, de reparto equitativo de la riqueza, pero que en el fondo es profundamente injusto (lo cual no me cansaré de repetir), quiere dejar entrar a todos los inmigrantes y/o refugiados. En el otro lado del ring ideológico, la derecha, con su intención de mantener un status quo, que normalmente beneficia a las élites, no quiere dejar pasar a ninguno, sobre todo si son diferentes en algún sentido a los que ya están (estamos) dentro. Entre estas dos visiones tal vez (o seguro) haya opiniones intermedias, pero básicamente es una confrontación de rojo contra negro, simplificando el espectro ideológico.

Es bajo un principio de pragmatismo que nace un enfoque alternativo de estas dos corrientes. Pragmatismo y meritocracia, aunque una no sea necesariamente consecuencia de la otra, las dos son necesarias como valores en respuesta a las oleadas que esperan en nuestras fronteras en los momentos de escribir estas líneas. El pragmatismo, visto éste como una visión del mundo y una forma de actuar solo si ésta tiene una razón o función práctica para un objetivo, se puede aplicar a todos los ámbitos de la vida personal y social. Aplicado a la inmigración, se seguiría la máxima de primero detectar qué necesita nuestra sociedad, esto es la europea, de los candidatos a recién llegados.

Tras individuar las necesidades, que se entienden no cubiertas por los locales de la Unión, se necesitaría afirmativamente gente de fuera de Europa. Según la gente (inmigrantes o refugiados) que se necesite se dejaría pasar o incluso se llamaría a cuantos fueran necesarios para cubrir los puestos. Estos y solo estos serían los principios para acoger inmigrantes dentro de nuestras fronteras. La derecha dirá que no necesitamos ningún inmigrante. Este enfoque respondería "esto está por ver, porque es necesario estudiar las necesidades de la UE antes de decidir si no hacen falta". La izquierda dirá que dejemos pasar a todos porque todos somos iguales como seres humanos, a lo que este enfoque respondería que si queremos preservar, dadas la experiencias del pasado, un mínimo de bienestar y seguridad dentro de la UE, debemos tomar las decisiones con cabeza y no con el corazón.

Estas actuaciones, basadas en un enfoque pragmático y meritocrático, llevadas al extremo tienen fuertes y complejas implicaciones porque atacan la base jurídica y moral de la sociedad basada en la doctrina de los Derechos Humanos. Una sociedad como la nuestra, basada en esta doctrina, con estos valores, no puede permitirse tener millones de desamparados a las puertas de Europa. No obstante el sentido pragmático que me gustaría expresar aquí nos obligaría a elegir de entre esos millones a quienes nos fueran socialmente más útiles. No para mantener el statu quo, si no para mejorar la sociedad que nos hemos dado y que nos ha costado siglos construir. Sin prejuicios raciales, ni étnicos, ni religiosos a la hora de elegir los inmigrantes que dejáramos entrar dentro de nuestras fronteras, mejoraríamos la existencia de los nuestros, al mismo tiempo que ayudamos a quien creemos que se lo merece o a quien se ha hecho merecedor a ojos de nuestra sociedad europea.

Si un musulmán, cristiano o judío tiene habilidades necesarias para Europa, bienvenido sea. Si la respuesta es negativa, no debería existir razón alguna para acogerle, aún si llega huyendo de un conflicto, ya que la responsabilidad de la población europea de cara a la causalidad de dicho conflicto podría ser nula. Si existiera responsabilidad de hecho en esa guerra, se podría hablar en algún sentido de acogida sin principio pragmático. La pena o el remordimiento, el sentimiento de culpa o bien algún complejo en la psicología grupal no son un lujo que nuestros líderes deberían asumir para la toma de decisiones. Unas decisiones que podrían hipotecar el presente y el futuro si no se realizan con un sentido de Estado con mayúsculas./p>

Esta perspectiva pragmática de trato con el drama de la inmigración tiene otra cara. Como he escrito al principio, la meritocracia es el otro aspecto de esta explicación. El pragmatismo lleva a decisivamente a un pensamiento en el que el mérito es el que debería regir en una Europa coherente. Quien fuera más apto para la realización de ciertas tareas, debería realizarlas y por tanto ser premiado por ello, en relación de su eficacia, su aportación por ejemplo. Esta acepción tiene perfecto sentido cuando se libera de prejuicios: Si un inmigrante llega a nuestras puertas y es el mejor en su campo, le podemos acoger con los brazos abiertos, porque lo que importa es la posibilidad que tiene éste de mejorar la sociedad europea.

Si además ese inmigrante se adapta a nuestros valores Europeos perfectamente: enhorabuena, ya podrá ser compatriota nuestro. Incluso se podría dar el caso de que la aportación sea excepcional, más que la de los europeos de varias generaciones. Entonces, ese inmigrante obtendrá más y mejores derechos que esos europeos que, por qué no, podrían llevar generaciones en suelo europeo sin aportar nada, o incluso impidiendo la convivencia. Sin importar de donde venga, si su aportación es considerable, la Unión Europea debería premiar sin dudarlo sus méritos.



 

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