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Consideraciones sobre las relaciones futuras entre Rusia y la Unión Europea

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Rusia es el mayor país de la Tierra por extensión geográfica. Es un poderoso vecino y aliado histórico de la cristiandad occidental que siempre estuvo históricamente vinculado a Europa hasta la creación de la Unión Soviética, periodo en el que las relaciones se tensaron hasta el paroxismo con la creación del Telón de Acero, una frontera artificial que dividió a Occidente en dos mitades, incluyendo a muchos países de la Europa del este.

Rusia extendió su imperio desde las aguas del mar Báltico hasta el océano Pacífico, explorando las aguas del océano ártico e incluso Alaska, que fue vendida en 1867 por el Zar a los Estados Unidos de América, como si de una parcela más se tratara. Rusia es un país con 147 millones de habitantes, con el octavo PIB del mundo (datos de 2016: 1,179 billones de dólares), y abarca un gran porcentaje territorial del hemisferio norte, de mayor extensión que Oceanía o que la Antártida, es el doble de grande que el siguiente país por extensión. Con unos recursos naturales inmensos y una proyección en el futuro al menos tan importante para el mundo como la que tuvo en el pasado, tanto en sus gloriosos momentos como en los infames, dependerá de cómo se desarrollen los acontecimientos y de la relación de Rusia con sus vecinos territoriales, entre los que se encuentra, con principal influencia y preeminencia histórica, Europa.

Rusia ha evolucionado históricamente de la mano de Europa, con su capital en territorio continental europeo, Moscú, junto a San Petersburgo, la antigua capital del Imperio Ruso, fundada en 1721 por Pedro I de Rusia, que creció y cosechó riqueza, fama e influencia al asimilar la cultura europea, en especial durante los siglos 18 y 19. En la creación de San Petersburgo participaron obreros y constructores alemanes, y la propia zarina Catalina la Grande era una aristócrata alemana, que cosechó el apoyo del pueblo ruso y expandió sus territorios extraordinariamente. Rusia, ya en el siglo 19, tuvo que defenderse de las invasiones napoleónicas, formando parte fundamental de la posterior Santa Alianza junto a los principales poderes europeos. Rusia protagonizó la singularidad histórica de retomar el poder del Imperio Bizantino, siendo considerado el propio Zar por muchos pueblos euroasiáticos como el Papa ruso (Véase. La rebelión de los tártaros, Thomas De Quincey).

No debemos tampoco olvidar que el Imperio Bizantino era también conocido como el Imperio Romano de Oriente, título en absoluto gratuito y que únicamente desapareció a consecuencia de la Caída de Constantinopla, tomada por los turcos del Imperio Otomano en el año 1453. Tras retomar ese histórico testigo heredado del Imperio Romano, una Rusia cada vez más pujante tanto en su territorio europeo como en las lejanas estepas asiáticas se convirtió en el imperio conquistador que llegó hasta las costas de Kamchatka en el océano Pacífico y hasta territorio americano, tras la exploración del Estrecho de Bering (comandada por un danés, Vitus Bering, que lideró varias expediciones con el Imperio Ruso). Se fundó un imperio respetado y admirado por muchas naciones en el mundo. En su escudo aún puede verse el águila de dos cabezas que en el pasado lucía el escudo imperial bizantino. Podemos decir sin miedo a equivocarnos que Rusia es una rama del árbol europeo, tan grande y extensa que podría parecer que es un árbol distinto, pero europeo al fin y al cabo y, si la influencia china no se consolida en los territorios orientales rusos, con un porvenir unido a Europa.

La cultura europea influyó enormemente en las élites rusas, reflejo de la estrecha relación histórica que une tanto a Rusia como a Europa en su conjunto y que hoy en día aún se puede observar tanto en la cultura como en el estilo de vida de los rusos europeos, más cercanos sin duda a nuestro estilo de vida que al asiático. El caso ruso refleja su singularidad cultural como país a medio camino entre Asia y Europa, siendo difícil no obstante asegurar tajantemente que el pueblo y la cultura rusos no pertenecen al acervo europeo. La ya milenaria cultura cristiana en los pueblos rusos y su propio lenguaje, con el alfabeto cirílico compartiendo con el griego buena parte de su legado, hoy en día es usado o hablado por la mayoría de los países de la Europa del Este. (Rusia, Bielorrusia, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Serbia, Bulgaria, Croacia, Ukrania, Macedonia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina.)

Por si fuera poco, Rusia ha contribuido enormemente al desarrollo de las matemáticas, el ajedrez, la exploración espacial y la consolidación de la ciencia como el método de conocimiento por excelencia, aportando así mismo numerosos grandes nombres a la historia de la ciencia, la literatura, la cultura, la música y el pensamiento, todos ellos nominalmente europeos en los libros de historia y en diálogo directo con la intelectualidad europea. El orgullo del pueblo ruso debe ser respetado, pero Rusia también tiene que ser reflejo de su grandeza a través de la democratización del país, a través de la conquista de una mayor libertad individual y a su apertura definitiva a los procesos históricos que la vincularán definitivamente con Europa.

A priori, habría que poner en perspectiva la gran rivalidad que la Unión Soviética y los Estados Unidos de América desarrollaron durante la Guerra Fría (1947-1991), casi medio siglo de enemistad, espionaje, crisis militares, competencia por la conquista del espacio, sin olvidar la guerra económica, ganada a la postre por el bloque occidental, o la guerra ideológica, tan importante para el éxito de la revolución como principal factor de flaquezas y contradicciones en cuanto al cumplimiento del proyecto socialista, gran fracaso económico y social que puso los cimientos del colapso de la Unión Soviética.

La actual Unión Europea es un proyecto que podría calificarse de híbrido entre esos dos grandes modelos socioeconómicos, salvando las distancias, mientras que Rusia permanece constreñida por sus atavismos históricos, esto es, una oligarquía dominante y un poder centralizado que no favorece la distribución de la riqueza.

Las grandes economías europeas son casos de éxito en cuanto a la aplicación del liberalismo económico y a la exportación, aplicando un modelo social que procura una vida digna a sus ciudadanos, donde la influencia de los proyectos socialistas del siglo 20 se puede rastrear pero que cuenta a la vez con el impulso del dinamismo económico de las multinacionales europeas y el esfuerzo fiscal de los ciudadanos para garantizar un sistema sostenible, que basa gran parte de su desarrollo en un sistema democrático y una economía liberal apoyada en el conocimiento y la evolución tecnológica, que tiende en la medida de lo posible a la sostenibilidad medioambiental y a la realización de las grandes prioridades que figuran en la Unión Europea de crear un espacio de justicia, libertad y seguridad.

A esas aspiraciones sociales, democráticas y económicas no podrán renunciar eternamente países como Rusia, cuya población será cada vez más favorable a pertenecer o desarrollar por sí mismos un proyecto como el Europeo, al que inevitablemente tendrá que mirarse en el espejo.

En 2012 la Unión Europea ganó el Nobel de la Paz «por su contribución durante seis décadas al avance de la paz y la reconciliación, la democracia y los derechos humanos en Europa».

No es un hecho baladí ni un laurel gratuito. Es un camino que debemos continuar recorriendo, un estado de las cosas que ha costado siglos de guerras y enfrentamientos fratricidas que ha de procurarse que no vuelvan a repetirse en el futuro. Aún tan importante como la paz en Europa será extender esos éxitos al gran vecino continental, Rusia, a pesar de que hechos como la reciente anexión de Crimea, que ha escenificado un enfrentamiento directo entre Rusia y la Unión Europea. Si Ukrania en el futuro entrara a formar parte de la Unión Europea, ¿por qué no podría también Rusia plantearse una unión comercial y política a gran escala junto con el resto de Europa? ¿Acaso un proyecto de tamaña envergadura como la creación de la Unión Europea no sería capaz de integrar con éxito la adhesión de la Federación Rusa?

La reciente intervención rusa en Siria ha supuesto un nuevo escenario bélico en el que Francia y Reino Unido han sumado esfuerzos. Es una condición imprescindible para el futuro de Europa la colaboración con Rusia en materia de defensa y fronteras, compartiendo objetivos comunes puesto que las amenazas son también compartidas por ambos bloques.

Sería deseable por lo tanto que Europa y Rusia desarrollaran sus relaciones bilaterales de la forma más pacífica y amigable posible, profundizando en el intercambio económico (temporalmente suspendido por el embargo a Rusia debido a la invasión de Crimea), mirando al futuro como un solo bloque que busque avanzar como unidad cultural y continental, manteniendo las diferencias y singularidades propias tanto de Europa como de Rusia, enriqueciéndose en el intercambio sin interrumpirse, tal y como se ha construido una Unión Europea que, pese a sus numerosas sombras, brilla con luz propia.

Pero son muchas las dudas que se ciernen sobre las relaciones entre la Unión Europea y la Federación Rusa, entre ellas de qué manera afectará a ambos la política exterior de los Estados Unidos de América y sus intervenciones en la geopolítica internacional y la propia respuesta de la Unión Europea ante esas intervenciones, ya que los intereses europeos y rusos podrán ser divergentes si Europa toma como suyos los objetivos de Estados Unidos. En ese caso Rusia y Europa podrían de nuevo caer en un cisma del que nunca se ha llegado a salir históricamente, si acaso durante el corto periodo que duró la Santa Alianza en el siglo 19 y el tiempo que duraron los acuerdos de Potsdam y Yalta tras la Segunda Guerra Mundial y que dieron lugar a la Guerra Fría, el cisma moderno.

Las relaciones de Rusia y Estados Unidos, por tanto, serán clave para que Europa tome una postura conciliadora entre las dos partes. Ese papel es de una importancia clave para el futuro, ya que la pujanza de China e India y de las economías emergentes suponen una fuerte competencia y crearán nuevos retos en los que Europa podrá aspirar únicamente a tener un papel marginal. El impacto económico negativo será también fruto de esa pérdida de importancia europea en el tablero de juego mundial del siglo 21.

Si el belicismo y la desconfianza se instalan en las relaciones entre las tres grandes potencias del hemisferio norte, los Estados Unidos de América, la Unión Europea y la Federación Rusa, podemos estar seguros de que la inestabilidad se apoderará del futuro.

Si para muchos la Unión Europea es un ejemplo de paz, de éxito económico y social y aún un paraíso para las libertades individuales y el desarrollo de la democracia parlamentaria, tendremos que impulsar esos mismos valores para que vecinos tan importantes como Rusia se incorporen a ellos. Si nuestros vecinos viven mejor y sus democracias se fortalecen, la Unión Europea también se verá positivamente influida por ello. Mientras que los vecinos europeos del norte de África cuentan con un acervo cultural distinto, Rusia en cambio comparte toda una historia de cultura y vínculos históricos que facilitará la creación de lazos más fuertes, siempre y cuando se imponga el sentido común en las relaciones bilaterales y el pragmatismo en terreno económico.

Una Rusia enemistada con Europa es una mala perspectiva de futuro, tanto en su dimensión geopolítica como en términos de defensa y en el contexto económico.

Una Unión Europea apoyada en su amistad con Rusia aumentará su capacidad de exportación y defensa, y jugará un papel relevante en el desarrollo democrático y social de Rusia y de otros países vecinos de Europa.

Vladimir Putin, que aunque no haya sido elegido democráticamente cuenta con un apoyo abrumador en Rusia, propuso a la Unión Europea en el año 2011 crear la Unión Euroasiática, que en palabras del propio presidente ruso “se construirá sobre principios de integración universales como parte inseparable de la Gran Europa, unida por los valores comunes de la libertad, la democracia y las leyes de Mercado”.



 

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